El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 24 de abril del 2009.

Chaplin, el luchador y el perseguido

Por José Ramón Enríquez

Mi primer contacto con Chaplin fue, casi a un tiempo, por cine y por libro. En las matinés del Majestic de mi Colonia Santa María, en la Ciudad de México, pasaban antes que cualquier película cortos y monitos. En los cortos reinaba Chaplin junto con el Gordo y el Flaco, Harry Langdon, Buster Keaton, Harold Lloyd, y hasta Abbott y Costello.

En 1952, y en la Editorial Aquelarre, de un grupo de amigos refugiados españoles, entre los cuales estaba mi padre, se publicó Charles Chaplin, de Francisco Pina. Al libro acudía yo, primero para curiosear las fotos, y ya después para irlo leyendo.

Desde el subtítulo, Genio de la desventura y la ironía, me hizo saber que los cortos eran algo mucho más profundo que los monitos de Walt Disney. Del Majestic al libro de Pina, y viceversa, aprendí que cuando llorar y reír se sirven juntos estamos en presencia del humor y, con Chaplin, en presencia del genio.

Hoy, Chaplin cumple 120 años de haber nacido en un barrio obrero de Londres. Hijo de actores de music hall, pronto huérfano de padre y con una madre que se perdía en los laberintos de eso que llamamos locura, ante la mirada de sus hijos.

Esa infancia marcó a Chaplin. Fundamentó su ética y su estética. Le dio un compromiso de clase que le volvió un perseguido, así como lo llevó a lo más alto que un artista ha podido llegar. Y la vigencia de Chaplin obliga a recuperar los conceptos de clase y aun de lucha de clases que se han querido borrar como si ya hubieran sido superado.

Tiempos modernos, su más ácida burla de la explotación, y muy especialmente de la enajenación del trabajo perfeccionada por la “línea de producción” de Ford, lleva a Chaplin al primero de sus violentos choques con el capitalismo. Aún hoy, Charlot apretando tuercas es símbolo de un mundo enfermo hasta la médula. Un mundo que en esa línea de producción ya anunciaba la Guerra Mundial, el terror nuclear, la guerra fría, la cruzada contra el terrorismo y hasta los desastres financieros que hoy nos mantienen perplejos y aterrados.

Más que nunca, el Charlot obrero es un símbolo vivo que danza entre la imbecilidad bursátil de Wall Street.
Y si Tiempos modernos fue boicoteada en su estreno, con su siguiente gran película, aquella en la que rompió su promesa de nunca hablar en el cine, se jugó la vida: El gran dictador.

Estrenada todavía en tiempos de guerra, cuando muchos apostaban por el triunfo del Eje, no sólo se cebaba en Hitler sino que lanzaba un discurso clasista, hoy más que nunca vigente contra el totalitarismo, los integrismos y por la tolerancia:

“Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de crear una vida libre y espléndida; tenéis el poder de hacer de esta vida una aventura luminosa.”

Pero Chaplin ya se había ganado la rabia de los señores del capital y continuó retándolos. Incluso en Monsieur Verdoux, esa amarga y extraordinaria película sobre Landrú, de 1947, que le sugiriera filmar Orson Welles, continuó con su discurso político, aunque siempre apartidista. Francisco Pina vio a Monsieur Verdoux como “un asesino por exceso de bondad” y como parodia de los crímenes de las potencias entre guerras. Mientras que el propio Chaplin la definió con estas palabras:

“Von Clausewitz sostenía que la diplomacia es la continuación de la guerra por otros medios. Yo trato de probar que el asesinato es la continuación de los negocios por otros procedimientos”.

En Candilejas recorrió su propia vida y anunció su muerte escénica bajo la mirada nada menos que de Buster Keaton. Bien sabía que, después de Candilejas sería expulsado del país en el que realizara toda su obra y al cual había dado su nombre y su fama.

En 1957, en su primera película en Inglaterra, se rio amargamente del macarthismo y se negó a guardar silencio. Como todo un rey compareció ante el Comité de Actividades Antiamericanas, mientras un niño sufría porque sus padres eran comunistas. Un rey en Nueva York puede considerarse su testamento y su despedida.

Aunque muriera en 1977, Chaplin, joven de 120 años, continúa entre nosotros, comprometido y agridulce.

 

panicoes@hotmail.com

 

Regresar a menú principal de "Pánico escénico"

Te invitamos a que nos hagas llegar tus sugerencias a la cuenta de correo: contacto@teatroymas.com.mx