El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

 

Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 8 de abril de 2011.

Legalizar

Por José Ramón Enríquez

Que un poeta elija guardar silencio hace temblar a todos los poetas y pone contra la pared a la poesía. Mucho más cuando ese poeta está acostumbrado, como Javier Sicilia, a hablarse de tú con lo inefable.

A mí (desde mi rincón en una ciudad menos tranquila de como desean presentarla sus autoridades, pero tranquila como ninguna en comparación con el resto del país), me resulta imposible hacer cualquier comentario en estos días que no gire en torno al dolor de un padre y poeta tan admirado como Javier Sicilia y de Socorro Ortega, la madre de Juan Francisco.

Mucho estoy obligado a reflexionar de aquí en adelante sobre el grito de Dios y el clamor del hombre. Pero en una columna como ésta debo detenerme en cuanto en lo que simboliza Javier en este momento para México, un país atónito ante la inútil pérdida de tantas vidas suyas.

Vuelvo de la Marcha por la Paz en Mérida, que ha convocado a muchos cientos de ciudadanos indignados que gritaron a voz en cuello: “¡estamos hasta la madre”. Reviso la prensa y encuentro que la Marcha en Cuernavaca fue seguida por muchas otras en toda la República, y en varias ciudades del extranjero. Sé que tomar las calles representa un ejercicio ciudadano válido en sí mismo, aunque no deban agotarse en ello ni la indignación ni la reflexión de esa entidad tan difícil de definir como la “sociedad civil”.

Hay quien pone en duda la utilidad de las marchas. Pues pertenezco a una edad y a unas izquierdas que crecieron en la oposición, siento que las marchas hacen movimiento, pero tal vez esta visión haya sido superada por la Internet. Sin embargo, en este momento particular, se ha tratado de acompañar a un padre y a una madre que encarnan a muchos otros padres de los miles  de muertos.

Y vemos cómo, en el mejor de los casos, se muestra inútil la sociedad política ante el problema del tráfico ilegal de drogas. Aunque, en la mayor parte de los casos, la sabemos francamente corrupta y al servicio de los traficantes, en todos los países, en todos los órdenes de gobierno y aun en todos los partidos.

Aquel “¡si no pueden, que renuncien!”, del señor Martí, se une hoy al “¡estamos hasta la madre!” de Javier Sicilia. Pero no renuncian porque algo sí pueden: mantener el statu quo y, con él, las ganancias megamillonarias de los capos que existen en todos los niveles.

Ya me he referido al tema en otras ocasiones y, aunque sé que no hay respuesta simple a un problema cada día más complejo, reitero lo que siempre he dicho: el primer paso (necesario, imprescindible) es la legalización.

En días pasados Xabier Lizarraga subió a Facebook el fragmento de una conferencia del economista español Arcadi Oliveres. Muestra con toda claridad cómo el comercio de armas llega del Norte al Sur mientras el comercio de drogas va del Sur al Norte. Se trata de un negocio redondo y criminalmente perfecto. Para detenerlo sería preciso legalizar la droga e inutilizar las armas. Sé que ambos extremos suenan utópicos pero hay que luchar por conseguirlo.

La droga es un veneno, pero como el alcohol y muchos otros que se controlan en las farmacias sin que su precio resulte estratosférico. Entiendo que los gobiernos cómplices del crimen no derrumben los precios del veneno y, además, permitan que lleguen a los criminales las armas con que asesinan a nuestros hijos. Lo que no entiendo es por qué la sociedad civil no enarbola mayoritariamente esa bandera: legalizar. La marihuana, al menos, como un primer paso.

Vaya mi abrazo fraterno al poeta silencioso. Quede clara mi exigencia a los gobiernos implicados: legalizar significa salvar vidas.

 

 

panicoes@hotmail.com

 

Regresar a menú principal de "Pánico escénico"

Te invitamos a que nos hagas llegar tus sugerencias a la cuenta de correo: contacto@teatroymas.com.mx