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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 9 de abril del 2010.

La perra vida

Por José Ramón Enríquez

Tanto la situación secular de violencia y dominio machista, cuanto la lucha de la mujer en defensa de sus derechos llenan la historia del Siglo 20, prácticamente en todos los países, e irrumpen en el corazón mismo del nuevo milenio. Sería imposible explicarnos muchos de los avances éticos del mundo contemporáneo si borráramos la historia de la mujer y de los diversos movimientos feministas.

Hubo una mujer socialista que llegó a ocupar un escaño en las Cortes Republicanas españolas de 1933 y brilló con luz propia tanto en la literatura modernista como en el teatro que se hizo en español, a pesar de haber permanecido, paradójicamente, en la oscuridad. Me refiero a María de la O Lejárraga, conocida por quienes la recuerdan como María Martínez Sierra. Era ese el apellido de su esposo Gregorio, con quien inicio una colaboración literaria antes de casarse y después de haberse separado.

Se dice que por amor cambió el apellido, ella explicaba (en Gregorio y yo, publicado en México en 1953) que, ante la fría acogida de su primer libro en su familia, tras “formidable rabieta,  juré por todos los dioses mayores y menores: ‘No volveréis a ver mi nombre impreso en la portada de un libro’. Esa es una de las ‘poderosas’ razones por las cuales decidí que los hijos de nuestra unión intelectual no llevaran más el nombre de mi padre. Otra que siendo maestra de escuela, es decir, desempeñando un cargo público, no quería empañar la limpieza de mi nombre con la dudosa fama que en aquella época caía como sambenito casi deshonroso sobre toda mujer ‘literata’…”

Fuera cual fuera la razón –el amor, la rabieta o la prudencia--, María Martínez Sierra, muy a la manera de Colette, tomó el nombre de una sociedad en la cual ella puso la mayor parte de la cultura y del talento.

Por muchas razones me resultó siempre simpática su figura. Entre ellas, la de haberse arriesgado con el fracaso de la primera puesta de García Lorca: El maleficio de la mariposa. Otras, la continua presencia militante de María en el movimiento feminista y su dignidad en el exilio, hasta el último día de una vida que casi llega a los cien años. Nacida en La Rioja, el 28 de diciembre de 1874, murió en Buenos Aires, el 28 de junio de 1974.

A todo esto se ha añadido últimamente el interés de los historiadores por rescatarla. En esas ya imprescindibles publicaciones de la ADE, Juan Antonio Hormigón la incluye en Autoras en la Historia del Teatro Español, y en el 2009, Juan Aguilera Sastre e Isabel Lizarraga han publicado en la Biblioteca del Exilio, Tragedia de la perra vida y otras diversiones, que recoge textos publicados en el exilio, para mí desconocidos. Su lectura me ha entusiasmado.

El modernismo está en el arranque de su visión teatral y, por lo tanto, Maeterlinck y el simbolismo son su influencia esencial, junto con el ritmo escénico meyerholdiano. Todo ello condujo a los Martínez Sierra a escribir el libreto de El amor brujo para Manuel de Falla, en 1915. Y sesenta años después, la autora octogenaria de Tragedia de la perra vida (en la cual resuenan misterios medievales trenzados con el paganismo de Luciano y aun el esperpento de Valle Inclán), pide al director de escena “conseguir que la representación sea muy rápida y animada, al parecer, incoherente y, sin embargo, tremendamente coherente. Hay que ensayar la obra casi como un ballet”. 

Una juventud a los 80 que muchos jóvenes envidiarían a los 22 y que cruelmente se burla de mis oxidados 65. Ojalá alguien bailara con María.

 

 

panicoes@hotmail.com

 

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