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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el viernes 13 de agosto de 2010.

Año sesenta y cinco

Por José Ramón Enríquez

La explosión de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, significó el fin de una guerra y el inicio de una era, la Atómica. Aunque ignoro los términos precisos, puedo suponer que no nos serán favorables, cuando en el futuro se hable de nosotros, si hay algún futuro para nuestra especie. Si lo hubiera, así como hablamos de las características del neandertal en la Edad de Piedra, se hablará del implacable destructor que habitó la Edad Nuclear.

Solemos, en nuestra ciencia ficción, imaginarnos el futuro, pero mucho más difícil nos resulta, en el año 65 de nuestra Era, recordar cómo era el mundo cuando no existía el peligro de una guerra atómica: aquellos días relativamente tranquilos en los que podía suponerse el triunfo de una potencia bélica sin que eso significara no la derrota de alguna otra, sino el peligro puntual para toda la especie.

La Era Atómica ha construido un ser humano diferente. Somos mucho más amargos que nuestros ancestros, por más que nos disfracemos para marearnos en esa especie de carnaval inacabable que nos distrae no de las propias muertes, como ha sido siempre en la historia del hombre, sino del suicidio colectivo como un hecho a consumar dentro de poco. El gerundio es nuestro modo verbal como seres de la Era Atómica: destruyendo.., nos vamos destruyendo a cada paso.

Esta realidad, guardada en el inconsciente o aceptada con lo poco de madurez a que puede apelarse, tiene necesariamente su reflejo en el arte y muy especialmente en la escena.

De Japón, el país devastado por las dos bombas de hace 65 años, surgió una danza que representa a todos en nuestro viaje doloroso y cruel hacia ninguna parte. Su inventor, Tatsumi Hijikata, decía que “la caminata del condenado a muerte estaba en la base de la danza”.

Se refería al butô, que fundó alrededor de 1959, con elementos tradicionales del teatro Kabuki, pero con un profundo conocimiento de las búsquedas artaudianas del teatro de la crueldad y, sobre todo, de las imágenes de la guerra y de los sobrevivientes descarnados de las bombas atómicas. Hijikata tenía 17 años cuando el terror del nuevo hombre nuclear explotó con toda su fuerza, su horror y, por qué no decirlo, con toda su grandeza sobre dos poblaciones inermes: Hiroshima y Nagasaki.

En este agosto del 2010, cumplimos 65 años de sabernos capaces de todo aquello e, inclusive, capaces de ir destruyendo con ese sentido del humor tan infantil, tan norteamericano: la bomba de Hiroshima se llamaba “Little Boy”; el B-29 que la transportaba se llamaba “Enola Gay”, que era el nombre de la mamá de su piloto, el coronel Paul Tibbets; y la bomba que cayó sobre Nagasaki se llamaba “Fat Man”. Niñito, gordo, mamá alegre y a tomar todos un Ice Cream Soda.

La danza butô, por el contrario es brutal, descarnadamente dolorosa. Según otro de sus celebrantes, Kô Murobushi, “bu” forma parte del mismo ideograma contenido en “kabuki” y quiere decir moverse elegantemente, con la parte superior del cuerpo; y “tô” significa aplastar, con el movimiento del pie. Así, dice Giorgio Salerno, “el butô puede definirse como producto del diálogo íntimo entre la mano y el pie, entre calma y violencia, entre Apolo y Dionisio”.

Y el primer día de junio del año 65 de la Era Atómica, a sus 103 años, murió Kazuo Ôno, el último de los grandes maestros de la danza butô. De él se dijo, aunque yo no lo entienda, “que buscaba constantemente la unión de los muertos y de los vivos a través del amor”.

 

panicoes@hotmail.com

 

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