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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 28 de agosto del 2009.

La tradición como equipaje

Por José Ramón Enríquez

Si piensa uno en grandes provocadores de la dramaturgia contemporánea y vuelve la mirada, por ejemplo, a los últimos premios Nobel, sobresalen enormes Dario Fo y Harold Pinter. Vanguardia dentro de las vanguardias y comprometidos con posturas de izquierdas sin ningún balbuceo a la hora de señalar culpables.

Afortunadamente Fo continúa entre nosotros, como aquellos viejos ácratas que se ensucian en cuanto pueden. De Pinter, aunque físicamente ya no esté en este mundo, su obra cimbra también cuanto alcanza a tocar.

Nadie podría acusarlos de reaccionarios y sin embargo están profundamente enraizados en las dramaturgias de sus respectivas patrias. Fo surge, como arquitecto, de su conocimiento y posterior admiración hacia quienes en nuestra lengua llamaríamos viejos juglares. Casado con Franca Rame, de una familia de cómicos dell’arte, ha hecho de esa tradición subversiva escuela y bandera. Pinter, ha sido estudiado por varios ensayistas en su tradición shakesperiana. Entre otros, su amigo y traductor al castellano, Carlos Fuentes, ha sugerido Rey Lear como punto de arranque de una de las más imponentes obras pinterianas: Luz de luna.

Esta solución de continuidad entre tradición y modernidad, con todo y sus lógicas e indispensables rupturas, ha dado ya muchas páginas para la reflexión en todos los ámbitos del pensamiento. Sin embargo, vale la pena volver a ella porque estoy cierto de que es algo cada vez más difícil de encontrar en nuestro teatro contemporáneo. Y no me refiero sólo a México, aunque es en nuestra patria donde encuentro a cada paso mayor número de carencias.

Hago mal en generalizar porque estoy consciente de las muchas excepciones, pero tengo elementos suficientes para afirmar que no sólo ignoramos a los clásicos de nuestra lengua sino que los despreciamos. Tampoco conocemos lo que nos precede y el rompimiento no surge de rebeldías necesarias sino de supina ignorancia. No entendemos que la tradición es nuestro equipaje.

Si hablo de teatristas también puedo hacerlo de cualquier otra manifestación artística, tanto en lo concerniente a los creadores como a los públicos. Hay una causa inmediata y aparentemente insalvable: el paupérrimo nivel educativo actual. Repito, no sólo en nuestro país, aunque para nosotros, muy aguda y dolorosamente aquí.

Los maestros de primaria, los grandes formadores, los artífices más preclaros del alma nacional están vergonzosamente devaluados tanto en el prestigio como en el sueldo. Quienes hace algunas décadas se consideraban misioneros hoy prefieren ser taqueros. Es mucho más redituable y socialmente prestigioso vender carnitas que enseñar a leer y escribir a generaciones que van pasando los cursos por inercia y para no bajar los índices de egresados que justifican los presupuestos.

El Sindicato que llevan a cuestas esos maestros es una vergüenza, además de ser un esperpento. Nadie, de ningún partido, se ha atrevido a enfrentarlo porque simple y sencillamente supone votos en un país donde lo electoral es lo único importante. Y ningún gobierno, de cualquier color, en cualquier momento tendrá la menor credibilidad sino enfrenta la corrupción sindical, por lo menos en el SNTE que es joya de toda corrupción.

Pero tampoco se aprende en la Educación Media. Tenemos bachilleres que leen como yo leía en tercero de primaria. Nos los encontramos a diario, sin exageración alguna. Y para hablar de la Educación Superior, ¿no son las licenciaturas de hoy apenas lo que fueron los bachilleratos del pasado..?

En este panorama, las escuelas de arte tendrían que basar sus programas en una especie de propedéutico que comprendiera la primaria y el bachillerato, además de lo más elemental en cuanto a la apreciación de cada disciplina. Un modelo con al menos un lustro de propedéutico antes de iniciar la carrera propiamente dicha.

Y la formación de públicos corre por los mismos cauces. Si entre Lope de Rueda, Lope de Vega y López Velarde, entre los teatristas “cualquiera” se confunde, ¿por qué exigir que un espectador no los confunda con López Mateos? Y… ¿quién es López Mateos?

panicoes@hotmail.com

 

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