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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 17 de diciembre de 2010.

Genet en su centenario

Por José Ramón Enríquez

El 19 de diciembre de 1910, hace un siglo, nació en París uno de los escritores más corrosivos y, al propio tiempo, más atractivos de que se tenga memoria. Su voluntad irrenunciable de mostrar no sólo la belleza de lo infame sino la enorme ternura que subyace en mucho de aquello que creemos perverso, no fue sólo pose para espantar buenas conciencias, sino una auténtica misión vital.

Rebasada por la Ilustración una escala de valores angelista cimentada en el sentimiento religioso, se tejió otra raigambre en torno al patriotismo, a la razón, al nacionalismo y a una idea nebulosa de fraternidad. Contra ese tejido modernizador se lanzó Genet para rasgarlo cruelmente en cada una de sus obras.

Si hay alguien que simbolice el desarraigo como fracaso de toda una “cultura” ése es el niño abandonado por su madre. Ya un alma gemela suya, Arthur Rimbaud, había gritado “¡Ahora estoy maldito, tengo horror a la patria!”, y Genet llegaría a las últimas consecuencias de esa voz para reconocerse (al igual que Divine, uno de sus personajes de Nuestra Señora de las Flores) como “una flor antigua de otros jardines”.

Cuando sus primeros carceleros le hicieron notar la presencia de su apellido en el de la casa real de los Plantagenet, y se burlaron por ello en sus narices infantiles, él comenzó a entenderse “la evadida del serrallo” y a dar al cielo “gracias por ser la mala”, por ser capaz de hallar “el mal dentro del mal”, y en el fondo de todo, como otro místico en estado salvaje, poderse “lanzar al baño de la dulzura”.

Por ello, fuera de la ternura que tiene lo brutal, todo le pareció francamente repugnante: el heroísmo, la lealtad (desde luego el patriotismo, el nacionalismo y cualquier otro ismo), la castidad en cualquiera de sus formas (y por cualquiera de sus conductos morales o anatómicos), y ese savoir-faire de una burguesía tan orgullosa de poseerlo.
Escribió en la cárcel varias de sus obras maestras, Nuestra Señora de las Flores, de título con olor a capilla gótica y canonización de los ángeles caídos, o la obra de teatro Severa vigilancia que elevó su  salmodia, entre los gruesos muros de un coro impresentable, en honor de la deslealtad y de la belleza del protagónico Ojos Verdes.

Niño ladrón, homosexual, prostituto, desertor y ladrón otra vez y varias más, fue condenado a una cadena perpetua de la que lo salvaron Jean Cocteau y Jean-Paul Sartre, a la cabeza de una pléyade de intelectuales que pidieron clemencia e Indulto. Un haz de Juanes que, con el de la Cruz y el Evangelista, mucho dicen de misticismo y profecía. No en balde Sartre le dedicó, como prólogo a sus Obras Completas, un estudio inmenso en su volumen, con un título justo y más afortunado que su contenido, San Genet, actor y mártir.

Hace justamente unos días, en la página de Facebook del antropólogo Alonso Hernández, aparece la foto de un adolescente a cuyo pie se explica “que había incurrido en prácticas homosexuales en la cárcel de Belén. En los centros de reclusión juvenil a los muchachos pasivos se les llamaba caballos, mientras que a los agentes activos se les denominaba mayates. Fotografía y texto tomados de Carlos Roumagnac.”

La foto es anónima, no se sabe si de fines del siglo 19 o principios del 20, y el adolescente es mucho más hermoso que el Genet de su primera foto como presidiario.

Como fuere, se me antojó un homenaje no sólo al autor francés en su centenario sino a cuantos lo antecedieron y sucedieron entre rejas. Niños como él, de la “progenitura de los ángeles”, “belleza que asciende” sin saber bien por qué y vivos “templos de infortunio”.

 

panicoes@hotmail.com

 

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