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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 3 de diciembre de 2010.

De sueños y pesadillas

Por José Ramón Enríquez

La dramaturgia en nuestra lengua ha sido protagonista en las últimas semanas. Entre quienes obtuvieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes se encuentran dos dramaturgos, Maruxa Vilalta e Ignacio Solares. En la XXXI Muestra Nacional de Teatro, desde El Gesticulador de Rodolfo Usigli hasta Riñón de cerdo para el desconsuelo de Alejandro Ricaño, una decena de autores nacionales provocaron polémica y aplauso, es decir, comprobaron la dialéctica vital de nuestro teatro. Y, por último, Mario Vargas Llosa, que además de narrador es también dramaturgo, ha obtenido el Premio Nobel.

Dramaturgia viva capaz de trasladarnos de la reflexión al sueño o a la pesadilla ante los rostros propios.

Las acusaciones a la Revolución que hace Usigli son aún válidas, incluso como críticas al panismo. También la historia de Cananea que se ha repetido desde el porfiriato hasta Calderón, y que ha llevado a Sergio Galindo a remontar su Cananeas, estrenada hace varios años en Sonora, con un grupo de origen combativo, el TATUAS de Sinaloa. En el año de su centenario, las razones y traiciones a la Revolución estuvieron presentes con El gesticulador y Cananeas.

De las obras que no conocía y vi en la Muestra me resultaron envidiables Descomposición de Alfonso Cárcamo, La muerte de Büchner de Edén Coronado y Migrantes errantes de Alicia Sánchez y Noé Morales.

Maruxa Vilalta, uno de los Premios Nacionales, removió la escena con obras como Esta noche juntos amándonos tanto, y ha seguido presente en los últimos años con su teatro hagiográfico.

Del Ignacio Solares dramaturgo nunca he dejado de estar cerca, aun en tiempos de vivir geográficamente alejado. Mucho del Premio Nacional es por su indudable calidad narrativa, pero soy testigo presencial de que se trata de un dramaturgo constante y entregado, desde El problema es otro y El jefe, allá por los primeros 70, hasta la versión escénica que hiciera Antonio Crestani de su Delirium tremens.

Conocemos al Mario Vargas Llosa dramaturgo sobre todo por las puestas en escena de José Luis Ibáñez e Ignacio Retes de La señorita de Tacna y La chunga, respectivamente. Sin embargo ahora debo referirme a su última novela, El sueño del celta, que me ha provocado las dolorosas pesadillas de esa “herencia civilizadora” de “conquistas” y “colonizaciones” que no han sido más que genocidios y despojo.

No sé si el celta Roger Casement es el personaje central de la novela o somos nosotros mismos, los “civilizadores”, y nuestra vergüenza. Tras la conmoción provocada por la narrativa de Vargas Llosa, al curiosear por la red he encontrado documentos fotográficos implacables. No exagera el Premio Nobel. Basta buscar un poco para enfrentar muchas miradas como la de un congoleño y su hijita que, a menos de un siglo de distancia, siguen preguntando si es posible que seamos tranquilamente los herederos de una cultura que les cortó manos y dedos por no alcanzar a pagar el impuesto fijado por Leopoldo II.

Y lo mismo ocurre con las miradas de los indios encadenados del Putumayo que contrastan con la voluntad de señorío de quien fuera llamado “el rey del caucho”.  El sueño del celta, sin decaer, sin dejar de golpear en las conciencias, nos recuerda que lo ocurrido en el Congo belga y en el Putumayo peruano debió ocurrir también en las labores de nuestros encomenderos.

El “civilizador colonialista” ha sido capaz de todas las bajezas, incluso de vivir consigo mismo y no vomitar al mirarse en el espejo.

panicoes@hotmail.com

 

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