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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 14 de enero de 2011.

Azaña y Valle

Por José Ramón Enríquez

Hay fechas que se vuelven importantes con el tiempo y por motivos diversos. Eso me ocurre con el día anterior a Reyes, el 5 de enero. Y que haya Don Ramón María del Valle-Inclán haya muerto en esa fecha es un  motivo más que la vuelve inolvidable.

No alcanzó Don Ramón a ver el alzamiento fascista de una media España a la que retrató sin misericordia alguna. Murió precisamente en el año fatídico de 1936, pero seis meses antes de la traición franquista.

Aunque ya las cartas estaban sobre la mesa, el viejo gallego que había visto como esperpéntica a la clase militar no vio una contienda que, a pesar de los grotescos conjurados, habría de volverse trágica para el pueblo español y para el mundo, porque ahí comenzó realmente la Segunda Guerra Mundial.

Por su parte Manuel Azaña ya había sido presidente interino de la Segunda República y estaba a punto de obtener la Presidencia al mes siguiente de la muerte de Valle. Pero Azaña no era un político al estilo de las derechas. Era un intelectual, novelista, dramaturgo, ensayista y orador extraordinario. Conocía muy bien a su gente y sabía de precisas ironías: “Si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”.

Era inteligente y la inteligencia habría de ser denostada por el franquista Millán Astray, personaje de esperpent.  Frente al impoluto rector de Salamanca, don Miguel de Unamuno, lanzó Millán Astray aquellos dos gritos inolvidables por vergonzosos de “¡Muera la inteligencia!” y “¡Viva la muerte!”.

En estos días, y en todo el orbe, no estamos muy lejos de arengas tan estúpidas cuanto sangrientas como ésas. Por eso creo que vale la pena recordar a una figura como Azaña,  precisamente a la hora de despedir a un poeta admirado por él, como Valle-Inclán, y con quien tuvo sin embargo diferencias políticas.

A los dos día de su muerte, y a punto de ganar la presidencia, Azaña se dio tiempo para hablar de Valle. Y 75 años después, en un mundo que no ha aprendido sus lecciones, me permito citarlo:

 “Su gracia, su elegancia, sus quimeras le hacían insufrible a las personas que profesan la seriedad; y también una manera de quijotismo ascético, exento de mansedumbre: a costa de este Don Quijote, mientras vivió, no se hubieran divertido los duques... Muchos le hemos querido bien (aunque apenas compartiésemos una sola opinión)... Muerto se lleva la representación más llamativa de una época literaria, que se inaugura a fines del siglo con la formación espiritual anarquizante...

Valle-Inclán ha pretendido conservar hasta el fin su posición de juventud, y hubiera querido ser, no el hombre de hoy, sino el de pasado mañana...”

Estas palabras definen con perfecta sutileza a Valle-Inclán pero también definen a quien las pronuncia. El carácter del presidente Azaña le permitía inclusive retozar con el humor a las puertas de un conflicto en el que él representaría la legalidad y la razón, frente a la fuerza de las armas de quienes en ninguna parte del mundo han tenido nunca razón al imponerse, explotar y ensangrentar a los seres humanos y a la historia.

Terribles días se avecinaban y el líder de la República pensaba en el quijotismo como una ética y en la estética contradictoria de los espejos valleinclanescos como un valor. Otro teórico del Quijote, Unamuno, había dicho ante Millán Astray la sentencia que a los fascistas dedicaría la historia: “Venceréis pero no convenceréis”.

He querido convocar aquí las figuras de vencidos que sí nos convencieron.

 

panicoes@hotmail.com

 

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