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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 28 de enero de 2011.

Azaña y Valle

Por José Ramón Enríquez

El acontecimiento central en la vida del obispo Samuel Ruiz fue el de su conversión.

De ese punto arranca todo. Sin él se desdibuja el sentido más profundo de una vida, de una lucha sin respiro y de un ministerio como el suyo. A la hora de despedirlo, es preciso recordar que don Samuel Ruiz fue un converso y que los indígenas de su diócesis fueron precisamente su epifanía: ellos lo convirtieron.

En términos marxistas podríamos hablar de desclasamiento, pero las categorías marxistas no alcanzarían el fenómeno de su ser y estar afincado en la Iglesia. Por eso es necesario verlo desde el compromiso con su vocación cristiana, a riesgo de molestar por igual a quienes se creen dueños de lo teológico y a quienes buscan explicar todo desde la sociología política.

A don Samuel Ruiz sólo se le puede entender desde de la fe y de una fe vivida en una Iglesia que sufre como Jesús crucificado y espera resucitar, también como él.

Vistos de esta manera, todos los homenajes a la figura de don Samuel son homenajes a tzeltales, tzotziles, tojolabales y demás etnias mayas de Chiapas. Ellos escogieron a don Samuel como su Tatic y peregrinaron con él hasta hacerle entender (vale decir, hasta dictarle) esa teología india que tanta furia causó a Juan Pablo II, un papa incapaz de hacer propia la otredad, furia compartida entonces y continuada ahora por Benedicto XVI.

Los indígenas enseñaron a don Samuel Ruiz que la Iglesia en América “nace al interior de un contexto de opresión. No fue sólo una conquista violenta de esta tierra por parte de España: también la religión, como la supremacía política, viene impuesta”. El agua del bautismo cayó sobre ellos como sus cadenas y, hoy, sólo puede caminarse desde ellos si se quiere ser Iglesia y no un centro de control colonial del pensamiento.

Al morir el Tatic Samuel, la esperanza no muere. Acaso se refuerza porque el mundo indígena, especialmente el maya, sabe que “va a volver”.

A los occidentales, incluidas todas las formas políticas y eclesiales, nos corresponde entender que estamos invitados a esa vuelta si lo hacemos con ellos, desde ellos, como propone la teología india. Por el contrario, la continuación de la humillación y el saqueo nos resulta suicida.

Esa mexicanidad nacida en el liberalismo del siglo XIX y que pretendía la occidentalización del indígena no ha funcionado y sí ha resquebrajado toda construcción social. Hoy vemos con certeza que lo único viable es un mestizaje entre iguales. Desde la lengua y todas las formas culturales hasta el respeto a la palabra empeñada por los representantes del Estado. Y me refiero desde luego a los Acuerdos de San Andrés, así como tengo en la mente la lección que, el mismo día de la firma de un TLC malformado, vinieron a darnos los indígenas zapatistas.

Pero en estos días también se han recordado aspectos no tan luminosos del Tatic, como lo es su conservadurismo en cuanto a la moral sexual. Hijo de su tiempo, participó de ese hamletiano “ser o no ser” de Paulo VI que, mientras abría la puerta a experiencias eclesiales importantísimas, asestó al mundo la Humanae vitae. Aunque me consta su respeto por criterios distintos al suyo, creo que estuvo errado y que la globalización ha demostrado que la liberación es de todos o no es.

Así lo ha entendido Raúl Vera, antiguo coadjutor de don Samuel, también convertido por los indígenas y hoy obispo de Saltillo, quien ha declarado a favor del matrimonio gay. Y fueron precisamente los zapatistas de Chiapas quienes dieron el paso adelante al invitar a las mujeres y a los homosexuales a unir su lucha con la del pueblo indígena.

 

panicoes@hotmail.com

 

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