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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 29 de enero del 2010.

Dalí y el Carnaval

Por José Ramón Enríquez

Ya estuvieron por aquí los Sueños de la Razón del inmenso aragonés Francisco de Goya y, antes, grabados del no menos gigantesco malagueño Pablo Picasso. Es el turno ahora del catalán Salvador Dalí.

El esfuerzo de traer esta obra plástica no sólo permite que la gocemos quienes hemos recorrido las salas del Olimpo en la Ciudad de Mérida (65 mil para ver Picasso, 45 mil para Goya aun en tiempos de influenza), sino que tendrá resultados a mediano y a largo plazos, porque los jóvenes y, sobre todo, los niños que hoy contemplan aparentemente sin entender se alimentan de imágenes que mañana les permitirán tanto una serie de expresiones artísticas propias cuanto la posibilidad de admirar nueva obra plástica ajena. Inclusive aquella obra que niegue a Goya o a Picasso o a Dalí.

Quienes piensan que es lo mismo admirar en una página de internet una obra de arte, muy probablemente nunca han estado frente a ella en vivo. Y es una injusticia que quien no tenga dinero para pagarse un viaje a las ciudades con grandes museos quede limitado a la reproducción. Obviamente no es posible traer todo, pero algo resulta ya importante.

Como resulta importante que el MACAY del Gobierno del Estado presente la obra más reciente de José Luis Cuevas. Discutido, admirado y denostado, Cuevas significa un punto de quiebre en nuestra plástica y su obra marca a muchos pintores no sólo mexicanos. Contemplar a Cuevas al cruzar la Plaza Grande de la Ciudad tras contemplar a Dalí demuestra que Mérida es una capital cultural de primera importancia.

Y así como me quedo con la escultura de Cuevas que le falta al respeto y le hace cosquillas a la Catedral más antigua del Continente, me quedo con Gargantúa y Pantagruel haciendo de las suyas en el muy aséptico Olimpo de la Ciudad, a unos cuantos días de que comience precisamente el Carnaval. Haciendo lo que muchos podrán considerar hoy pornografía como lo consideraron en el Siglo XVI. Algo que divierte plenamente a Salvador Dalí y le excita aún más la punta de sus bigotes.  

A la exposición la conforman grabados de Dalí que ilustran tres obras: las Fábulas de Lafontaine, La Divina Comedia de Dante y Gargantúa y Pantagruel de François Rabelais. Las tres series resultan magníficas viéndolas en su conjunto aunque las dos primeras notablemente irregulares. Se ve que Dalí era un magnífico dibujante y un eficaz ilustrador pero que no se divierte ni con la Fábulas ni con la Comedia. En cambio Rabelais es su alma gemela.

Si partimos de nuestro Arcipreste de Hita que pone a pelear a Don Carnal con Doña Cuaresma para que, muy a pesar del discurso pío, resulte la carnalidad la auténtica triunfadora (aun en la muerte de la muy prostituida y adorable Trotaconventos a la que el mismísimo Redentor baja a recibir), podemos entender a otro goliardo, el franciscano François Rabelais, abriendo los caminos secretos del carnaval y trazando gigantismos y curvaturas del cuerpo grotesco. Mijail Bajtin nos lo ha revelado mejor que nadie.
Y, aunque surrealista, como buen español Dalí se nos muestra cómoda y picarescamente renacentista en su ilustración de Gargantúa y Pantagruel. Ahí podemos descubrir, desde luego, al Bosco y su Jardín de las delicias o a Brueghel y su Triunfo de la muerte (al que ya recuerda Dalí en su versión del Infierno de La Divina Comedia).

Pero también está presente, para gozo de quienes lo amamos y veneramos, el Alfred Jarry de Ubú rey. Obviamente Ubú es pantagruélico y, consciente o inconscientemente (lo cual es lo mismo para un surrealista), Dalí lo evoca. ¿También la patafísica parte del Jardín de las delicias?

Para completar la serie de correspondencias improbables, está también en Mérida uno de los mayores pintores de nuestros país, Francisco Toledo, y precisamente con su Zoología fantástica borgiana y con su cuento zapoteca de El Conejo y el Coyote.

Herencias seculares, voluntades carnavalescas que se niegan a las torturas de las doñas cuaresmas o lo que se ha llamado también ethos barroco, en una cuesta de enero, con su teatralidad y su descaro.

 

 

panicoes@hotmail.com

 

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