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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 25 de febrero de 2011.

Lo blanco y lo negro

Por José Ramón Enríquez

No es mi intención hacer crítica cinematográfica sobre la película de Darren Aronofsky que está a punto de conseguir pasado mañana un Óscar, tan inocuo como todos los óscares, a su protagonista Natalie Portman.

Críticos que saben mucho (y además son escritores espléndidos, como Flavio González Mello)  han señalado en El cisne negro la influencia de Polanski o del psicothriller de Adrian Lyne, “solo que con tutú”. O, aún mejor, su deuda con “la serie televisiva setentera La mujer maravilla, que se cambiaba de ropa girando a toda velocidad, igual que la protagonista del film de Aronofsky”.

Para mí, la única relación dramatúrgicamente interesante en la película (aunque convenientemente suavizada para optar por los óscares) resulta la de la madre y la hija, que me hizo recordar la sordidez de La pianista, tanto en la brutal novela de Elfriede Jelinek como en su versión cinematográfica, con Isabelle Huppert y Annie Girardot dirigidas sin concesión alguna por Michael Haneke.

Pero lo que en realidad me interesa tocar en estas líneas, así sea brevemente, es lo blanco y lo negro, y su relación con el prisma del hecho escénico.

No descubro nada cuando afirmo que simbolizar como blanco al bien y como negro al mal ya contiene una carga ideológica gravemente sesgada. El negro es salvaje, el blanco es civilizado. El blanco es Próspero, el negro es Calibán. La virginidad es un cisne blanco, mientras que la promiscuidad, la masturbación y los sueños lésbicos (convenientemente aderezados por asomos a los paraísos artificiales) estructuran al cisne negro. Es la dicotomía maniquea que ya impregna el romanticismo tardío de Tchaikovski, aunque tatuada a la moda en las espaldas californianas de Mila Kunis.

En cambio, no pertenece al ballet original la idea de que Odile viva dentro de Odette, y de que la aparición de una suponga el suicidio de ambas. La esquizofrenia, como psicosis y como metáfora, es una aportación de Aronofsky que queda para el análisis del público y de los críticos especializados.  

No es sólo que todos llevemos dentro de nosotros mismos nuestro a Caín y Abel por igual (o a Rómulo y Remo, para paganizar el mito) sino que todos somos, en realidad, Caín. Estamos mucho más cerca de Robert Louis Stevenson y de su inmortal Dr. Jekyll y Mr. Hyde que de los embrujos que danzan en El lago de los cisnes.  

Por esta puerta la película pretende entrar en la construcción del personaje y abreva, al hacerlo, en el método puesto de moda en Hollywood por Lee Strasberg y hoy convertido en una especie de dogma de fe por sus epígonos.

Si la actriz que encarna al cisne blanco no se acepta intrínsecamente perversa, y actúa en consecuencia, no será capaz de encarnar al cisne negro. Es necesario hurgar en la memoria de sus emociones para encontrar las plumas ennegrecidas que luchan por salir de su espalda autoflagelada y que se adivinan en los espejos.

No se requiere el análisis exhaustivo del personaje, que pediría Stanislavski, para lograr compartir su pathos, ya sea o no moralmente reprobable, sino actuar como el personaje o como alguien parecido a él. Si se es tímida, ingenua e inerme hasta la enfermedad mental, Odette (el cisne blanco) bailará divinamente. En consecuencia, para que Odile (el cisne negro) baile divinamente deberá matar a Odette.

Todo ello sin cuestionamiento alguno. Sin seguir las exigencias stanislavskianas de un constante preguntar por las motivaciones del personaje. Y, desde luego, sin abrirse amorosamente a la otredad, porque el placer de una masturbación o la belleza de un ensueño lésbico “deben” suponer la odiosa negritud.

panicoes@hotmail.com

 

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