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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 26 de febrero del 2010.

Miguel Hernández

Por José Ramón Enríquez

Una de las voces más límpidas de la literatura del Siglo 20 es la de Miguel Hernández. Dueño de un oído y de una sensibilidad, capaces de manejar con maestría las formas más puras de la versificación castellana, llegó a compartir la hondura y el valor que corren desde la mística de un Juan de la Cruz hasta la entrega en la guerra, a partir del año 36, junto a su pueblo agredido por el fascismo.

Fue admirado aun por sus enemigos: el escritor falangista Gonzalo Torrente Ballester lo describió como “singular y triste pastor de cabras que llega por sí solo a la poesía más estricta y depurada de hombre sincero, apasionado, tumultuoso acaso, pero auténtico”. Y, en el otro extremo, su camarada Pablo Neruda, al saber de su muerte en una prisión franquista, así lo recordaba:

 “Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías, / pastor de cabras, tu inocencia arrugada, / la escolástica de viejas páginas, un olor / a Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado (…) y una miel que medía la tierra con tus ojos. / También el ruiseñor en tu boca traías.”

Nacido en Orihuela en 1910 murió tuberculoso en 1942, en el Penal de Ocaña. Decir “tuberculosis” durante la posguerra española era un eufemismo para significar que alguien murió de hambre. Precisamente este año se cumple el centenario de su nacimiento y no será esta la única vez que en esta columna se le recuerde, porque son muchas las cosas que él representa: entre otras, un pueblo en armas, su martirio, el poeta que bebe del Siglo de Oro para transitar, después, por los variados caminos de la lírica contemporánea, así como un dramaturgo en ciernes al que segó la tragedia.

Quién te ha visto y quién te ve, Los hijos de la piedra y El labrador de más aire son títulos de la dramaturgia de Miguel Hernández en los que valdría la pena detenerse con mucha mayor profundidad de la que un espacio como éste nos permite.

Si la lírica de Miguel Hernández demuestra que tanto oído como capacidad de factura para la métrica y la versificación, en nuestra lengua, no corresponden a florituras academicistas sino a la entraña misma de lo popular, su teatro, aunque difícil de llevar a escena, resulta un auténtico ejemplo. Sobre todo para quienes desean romper con las tradiciones, lo cual no sólo es normal sino deseable, pero sin tener la menor idea de ellas, lo cual se convierte, simplemente, en un autoelogio de la ignorancia.

Quién te ha visto y quién te ve es un auto sacramental que sigue el canon más estrictamente calderoniano y, por ende, la rigurosa estructura ideológica de los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola, que seguramente hizo junto a su amigo Ramón Sijé. Dos años después, 1935, escribió Los hijos de la piedra y El labrador de más aire, dos obras que siguen la dramaturgia de Lope.

En estas dos obras, sin embargo, aunque deseaban ser homenajes explícitos al Fénix de los Ingenios, el poeta rompe con el optimismo monárquico de su modelo y, alejado del deux ex machina que da su final feliz a Fuenteovejuna, profetiza la cruda tragedia que habría de significar para muchas generaciones tanto la lucha de clases como la Guerra Civil española.

Ya las visiones paternalistas y prefalangistas de Ramón Sijé ceden el espacio a una encarnación dolorosa en el pueblo al que la voz del poeta comienza a cantar con la rabia y la fuerza del militante. Rabia y fuerza que se vuelven salmos de guerra como El niño yuntero:

 “Me duele este niño hambriento / como una grandiosa espina, / y su vivir ceniciento / revuelve mi alma de encina. / Lo veo arar los rastrojos, / y devorar un mendrugo, / y declarar con los ojos / que por qué es carne de yugo.”

 

 

panicoes@hotmail.com

 

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