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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 2 de julio de 2010.

Elena Arizmendi

Por José Ramón Enríquez

Para Carlos Monsiváis, siempre

Se llamaba Elena Arizmendi de Gabriela Cano, editado por Tusquets, es un espléndido ensayo sobre una mujer desconocida por su nombre propio, aunque harto conocida por el que le diera José Vasconcelos en su relato autobiográfico Ulises criollo. El libro de Gabriela Cano se abre hacia múltiples caminos y mueve a una serie de reflexiones que exceden el espacio de estas notas.

Para un teatrero, tal vez lo más apasionante sea el descubrimiento de un personaje. Un personaje que va entrando por el fondo de una sala que se creía bien conocida, hasta subir al escenario, como en el clásico pirandelliano, y exigir que se escuche su verdadera voz y se conozca su auténtico rostro.

Pero además de la riqueza del personaje y del contorno histórico en que se desenvuelve a partir de la campaña maderista, otra de las posibles reflexiones gira en torno al silenciamiento metódico no sólo de Elena Arizmendi sino del género al que pertenece.

Ya en pleno Siglo 21, puede demostrarse que la invisibilidad social ha sido, durante milenios, uno de los métodos principales y más efectivos del macho para ejercer su dominio sobre la mujer o sobre aquellos otros hombres que han “renunciado a usar” a las mujeres, es decir, sobre los homosexuales.

Desde luego, otros métodos no menores han sido la violencia constante (ya física, ya psicológica) que aún se sigue ejerciendo con aterradora amplitud en todas las culturas, así como las formas educativas (con sus diferencias, aunque también en todas las culturas) que buscan interiorizar en lo más profundo de la conciencia una certeza: se es inferior simplemente por haber nacido mujer o, en su caso, por haber “renunciado” a los privilegios del varón.

Así, la visibilidad social es ya en sí misma una acción revolucionaria, tanto como lo fuera obtener esa Habitación propia que planteaba Virginia Woolf en uno de sus textos centrales, titulado precisamente así, y al cual se acude constantemente en el espléndido ensayo que nos ocupa.

El siguiente paso para la mayoría de las mujeres fue, en los años 60 del pasado siglo, algo tan simple y tan revolucionario como la “píldora”.

Con la píldora, la mujer pudo empezar a ser dueña de su propio cuerpo. Sabemos bien que aún falta mucho por andar para que esta propiedad íntima y elemental lo sea del todo.

También sabemos que, gracias a todas las victorias feministas, pudo darse con tanta amplitud el movimiento de liberación de los homosexuales, que es también el derecho al propio cuerpo. Y que también éste tiene aún mucho por recorrer.

La liberación gay está, precisamente en estos días, en plena lucha por demostrar la constitucionalidad del matrimonio con todos los derechos entre personas del mismo sexo, en la Ciudad de México.

Pero, en todos los casos, para la plena visibilidad social queda un buen trecho. Por ello es tan importante que un nombre perdido sea recuperado, como es el caso de Se llamaba Elena Arizmendi.

El título alude al del estudio clásico de José Joaquín Blanco sobre Vasconcelos, y, fuera de cualquier asomo de retórica posible, el título nos entrega un nombre y, con él, a una Elena que lucha con la Adriana del Ulises criollo.

Al respecto, dice Gabriela Cano:

“Significó un reto tomar distancia crítica de la envolvente prosa autobiográfica de Vasconcelos y poder contradecir la poderosísima figura literaria de Adriana.”

Ambos personajes nos seducen, aunque la Elena de carne y hueso me resulta francamente entrañable.

 

panicoes@hotmail.com

 

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