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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 30 de julio de 2010.

Hombres sin adjetivos

Por José Ramón Enríquez

En alguna ocasión el célebre director del Piccolo de Milán, Giorgio Strehler, planteaba como hipotética señal de buena salud teatral para un país el que hubiera dos salas, frente a frente, y en las dos se estuviera montando, por directores diferentes, una misma obra de Chejov.

A simple vista, parecería el deseo de alguien diletante alejado de las realidades económicas del teatro actual. Pero hablaba precisamente Strehler quien se pasara la vida luchando por un mayor apoyo estatal para su teatro y, además de ser el especialista indiscutible en Goldoni y la Commedia dell’arte, había sido un director comprometido, introductor de Brecht en Italia.

Creo que su hipótesis era lógica y congruente: un teatro madura en la medida en que sus voces resultan múltiples, tanto política cuanto estéticamente, y se vuelve un derecho para los espectadores el ver una obra a través de muy diversos tamices.

El tema vale para mayores reflexiones pero apenas lo traigo aquí como un  apunte porque se está poniendo en escena, simultáneamente, una misma obra de un dramaturgo de valor indiscutible, el regiomontano Mario Cantú, en polos opuestos de nuestra geografía. Me refiero a El hombre sin adjetivos, montado, en Tijuana, por Daniel Serrano y, en Mérida, por Pablo Herrero.

Sé que hubo otra puesta en la Ciudad de México, de Juan Carlos Vives, pero las de Serrano y Herrero tuve la oportunidad de verlas y puedo testificar que demuestran con creces la correcta hipótesis de Strehler: dos estéticas, dos manejos de actores y dos puntos de vista diversos, pero ambos igualmente enriquecedores.

Ya brevemente me referí en su día, a la puesta de Daniel Serrano. Más fresca tengo en la memoria, porque actualmente se presentan, la de Pablo Herrero con Susan Tax, Ulises Vargas  y Osvaldo Ferrer. No es la primera vez que los tres actores trabajan juntos y, como siempre, demuestran que son valores indispensables de la escena yucateca. Guiados por su director, ofrecen un texto tan divertido como difícil, sorprendente a cada momento por su desolación y su ironía, y permiten, aquí como en el Norte, que brille la obra de Mario Cantú.

Pero si hablo de multiplicidad saludable en la república teatral, también mi última columna ha recibido críticas que demuestran viejas dolencias en la República mexicana. Se trata de aparentes paradojas que, en realidad, trazan el perfil de una patria que llamamos bicentenaria aunque no ha dejado atrás su adolescencia.

Por una parte, ha habido quien me acusa de traer a las páginas de un medio nacional un problema local, como pueden ser las estatuas de los Montejo, mientras que, por otra, hay quien me acusa de ser huach, esto es no oriundo de Yucatán, lo cual me incapacita para meterme en un tema “exclusivo” de los aquí nacidos.

Si el de Mario Cantú es Hombre sin adjetivos, ahora yo me encuentro doblemente adjetivado, aunque estoy cierto de que las dos exclusiones son caras de una misma moneda. Sostengo que cuanto ocurre en la geografía nacional es digno de conocerse y analizarse en toda la nación, y por cualquier mexicano pues el artículo 33 sólo se aplica a los extranjeros y en casos específicamente marcados por la Constitución.

Sobre todo, concierne a todos los mexicanos cuanto se refiere a la Conquista, desde el bicentenario de la Independencia y desde el Centenario de la Revolución.

Como dramaturgo ya me he referido al momento en que Isabel, la llamada “católica”, decidió el envenenamiento de su hermano el rey Enrique IV, precisamente por ser un pacifista, y se lanzó a cruzadas que hoy nos avergüenzan. Honrar a los Montejo significa, en realidad, deshonrar a España.

 

panicoes@hotmail.com

 

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