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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 18 de junio de 2010.

Luis del Valle y Bolivar Echeverría

Por José Ramón Enríquez

Cuando una columna de cultura como ésta repite, contra su voluntad, una especie de quincenal obituario debe uno detenerse a pensar no en la mala suerte de quienes rodean al que la escribe, sino en un auténtico tránsito generacional. Y esto, aunque duela, es ley de vida.

Hace dos semanas me referí a la muerte de Dennis Hopper y, al hacerlo, recordé a toda una generación, la de los Beat, que hizo explosión en los sesenta. Por cierto, cambié la doble p de Hopper para convertirlo en Hooper, errata que levantó airadas protestas en algunos seguidores de quien fuera gran actor del celuloide y símbolo de un viaje que comenzara precisamente en Kerouac, en Paul Bowles, en Burroughs y en el Aullido de Ginsberg.

Estoy hablando de mi propia generación cuando convivían dolor y muerte con la ilusión y la esperanza de un mundo diferente al de las guerras mundiales. Hoy nos llaman y nos llamamos a nosotros mismos los sesantaiocheros, por el año axial que no necesita explicación alguna, y hoy nuestra generación sufre el ataque de los filósofos del “fin de la historia” y de políticos que, como el presidente francés Sarkozy, han hecho del anti-68 su programa de gobierno.

La nuevas generaciones nos oyen con extrañeza, nos desprecian o nos admiran según las circunstancias y (aunque no pueda hablares de fracaso porque toda etapa histórica se funde en las siguientes) nuestro tránsito da paso a nuevas formas de concebir eso que se llama la cultura.

Sin embargo, queda mucho por decir y hay muchas esperanzas aún vivas. Por eso, despedir a quienes se van constituye una forma de construir la historia.

Bolívar Echeverría fue, sin lugar a dudas, un protagonista en el terreno del pensamiento marxista, del marxismo más abierto, más sabio y más valerosamente esperanzado. Nacido en 1941 en Riobamba, Ecuador, murió en la Ciudad de México este 5 de junio. Su obra filosófica es enormemente amplia, tanto que todos los comentaristas coinciden en la necesidad de una reedición completa que evite la dispersión y demuestre su coherencia fundamental.

Para mí, como hombre de teatro, resultaron fundamentales tanto su visión del barroco como un ethos latinoamericano, vivo y actuante, cuanto su cercanía con el Walter Benjamin que, como nadie, explicó a Brecht.

Conocí mucho menos a Bolívar Echeverría de lo que hubiese querido, pero su influencia me resulta indudable.

Otro figura central en su propio entorno fue Luis del Valle. Sacerdote jesuita y teólogo de la liberación, nacido en 1927, fue un formador de quienes habrían de militar, cada quien a su manera, en los laberintos de esos años sesenta que deseaban transformar tanto a la Iglesia como al mundo en el que está encarnada. Después, en los años de la persecución de los papas Wojtyla y Ratzinger contra la opción por los pobres, Luis del Valle continuó elaborando teoría, como teólogo, y acompañando la praxis de los más débiles, como hombre comprometido con la historia.

Hoy, nombrar la Teología de la Liberación frente a las nuevas generaciones suena no sólo anacrónico sino inclusive absurdo. Decir que hubo un Concilio como el Vaticano II, ¿qué puede aportar al lamentable papel que está jugando la Iglesia en nuestros días? Sin embargo la lucha por la justicia continúa y las razones para tomar partido por los pobres son cada día más evidentes.

Recordar a los que se van no se agota en el simple lamento, su horizonte es mayor, porque su legado, indudablemente válido, se vuelve cada día más urgente. Bolívar Echeverría y Luis del Valle coincidían en lo fundamental de sus pensamientos: la lucha por transformar la realidad es lo único moralmente respetable.

panicoes@hotmail.com

 

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