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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 11 de marzo de 2011.

La risa del juez

Por José Ramón Enríquez

En el próximo octubre se cumplirán cuarenta años del estreno de El juicio de Vicente Leñero. Yo tuve la fortuna de actuar en esa obra, bajo la dirección del maestro Retes, y de conocer de primera mano las dificultades para su estreno. Era teatro documental y reproducía en escena, sabiamente editados por la pluma de Leñero, momentos cruciales del juicio a José de León Toral y Concepción Acevedo, la Madre Conchita, acusados de asesinar a Álvaro Obregón. Al parecer, en 1971, todavía el tema molestaba y hasta la muerte, me parece, de Ezequiel Padilla, no se permitió su estreno.

Era el México del priísmo duro que salía apenas de la represión del 68 y sufría la de los Halcones en la Ribera de San Cosme. Sin embargo, pudo recuperarse la voz de los protagonistas y escuchar los alegatos de los abogados.

Dramáticamente la obra era impecable y estaba espléndidamente encabezado su reparto por Aarón Hernán y Silvia Caos. El público se calentaba, en realidad, y tomaba partido. Pero era por las posturas políticas de los personajes, no por la impartición de la justicia. Tal vez ese juicio público, con jurado y tan bien estructurado por los abogados, fue una excepción por tratarse de un magnicidio. Tal vez el sistema penal era como el de ahora, un laberinto brutal, una cloaca en la que está perdido quien ha tenido la mala suerte de caer.

Como quiera que sea, El juicio de Leñero es ejemplar comparado con Presunto culpable, la película de Roberto Hernández. Toño Zúñiga se hubiera dado por bien servido al ser tratado como aquellos magnicidas. Desde luego, no minimizo las torturas inaceptables en el caso de Toral, pero me refiero a la claridad de un juicio presentado a la luz del día.

A Zúñiga le ocurre lo que a las víctimas de la Inquisición española: bastó una acusación, sin prueba alguna, para ser presentado como culpable por un Ministerio Público y ser sentenciado por un Juez.  Y vale la pena dejar claro para la memoria el nombre de ese juez, cuya risa en la película vuelve inútil cualquier calificación: se llama Licenciado Héctor Palomares y dictó dos veces la misma sentencia condenatoria. La Licenciada Marisela Guzmán fungió como Ministerio Público, al menos en el segundo juicio, y también vale la pena recordar cómo respondió a la pregunta de Zúñiga de por qué lo acusaba cuando sabía que era inocente: “Es mi chamba”.

Los elementos del drama son perfectos y, sin embargo, mucho me temo que serían vistos como inverosímiles porque quien no supiera que uno de nuestros auténticos dramas nacionales es el sistema de justicia. Y, más dramático aún, que los legisladores (que tienen el poder de modificar leyes a todas luces injustas) no hagan nada.

Estamos acostumbrados a lanzar invectivas contra el Ejecutivo, casi siempre justas, y a denunciar airadamente, como en este caso, al Judicial, pero el Legislativo es el que está criminalmente perdiendo el tiempo en la grilla y en el reparto de privilegios. Nuestros diputados y senadores son culpables por mantener en el infierno a quienes ellos saben muy bien que son inocentes.

Y nosotros somos sus cómplices, por omisión. Por no exigir que en sus plataformas pasen de la estupidez retórica a puntos tan claros como la reforma integral del sistema de justicia, y que la agenda legislativa no deje para mañana lo que debe hacer hoy.  

La justicia de México es culpable mientras no demuestre lo contrario, y los legisladores que así la mantienen comparten la risa incalificable del juez frente a los inocentes.

 

panicoes@hotmail.com

 

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