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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 26 de marzo del 2010.

San Romero de América

Por José Ramón Enríquez

Son tiempos de indignación y vergüenza, para quienes nos confesamos católicos, aun cuando discutimos doctrinas que la jerarquía trata de hacer pasar como de fe, cuando sólo se trata de lecturas incorrectas o simples manipulaciones.

Ya en estas notas me he referido a ellas, y he recibido tanto respuestas airadas como entrañables muestras de solidaridad.

En estos días ha sido tan grande el clamor ante la complicidad de las altas jerarquías con clérigos violadores, incluido el fundador de una congregación religiosa archimillonaria, que el propio Papa Ratzinger ha debido pedir perdón, en Carta Pastoral, por las participaciones y los silencios de los jerarcas irlandeses, si bien ha callado respecto a lo mismo entre los jerarcas alemanes, de los cuales él mismo ha formado parte, y con inocultables responsabilidades.

En cambio no hubo complicidad vaticana alguna, no hubo apoyo o siquiera una muestra explícita de simpatía que salvara su vida, para otro religioso, un Obispo que quiso ser la voz de los más débiles entre los débiles, Oscar Arnulfo Romero.

Fue abandonado a su suerte por el Pontífice recién electo Juan Pablo II, quien lo recibió a regañadientes sólo para insistir en un pacto con el gobierno que masacraba al pueblo salvadoreño y había torturado hasta la muerte al jesuita Rutilio Grande. No logró que guardara silencio, y el 24 de marzo de 1980, hace 30 años, fue asesinado en su propia catedral, en plena misa.

Hoy el recuerdo de su martirio es un motivo de orgullo, en medio de tantas vergüenzas.

Sacerdote tradicionalista en su formación, fue convertido por su pueblo como tantos otros en nuestra historia: como Don Samuel Ruiz en Chiapas o Don Pedro Casaldáliga en el Brasil. No se trata de “ideólogos marxistas”, sino de seguidores de Jesús que viven plenamente el Evangelio.

Monseñor Romero fue una víctima más dentro de ese mártir colectivo todavía en la cruz. Un pueblo que trasciende las fronteras del Salvador y aun de América Latina y se extiende por todos los rincones del planeta, con múltiples nombres, etnias, género, opciones sexuales (por más que muchas buenas conciencias tiemblen con su sola mención), edades, religiones y relatos de vida que se vuelven inacabables.

Parecería que traer la memoria de Oscar Arnulfo Romero a este espacio es aprovecharlo para tan sólo hacer política. No lo es si pensamos que la memoria colectiva misma es un hecho cultural y que quienes condenaron al silencio a la Teología de la Liberación han tenido un cierto éxito al borrarla de la memoria.

Hoy, cuando para los jóvenes justamente iracundos pareciera que la única izquierda es la de los demagogos y los dictadores, es importante recordar la Teología de la Liberación como un patrimonio cultural latinoamericano más que nunca vigente, aunque silenciada por quienes sí hacen política al acusarla de ideológica.

Con pleno derecho es hablar de cultura referirnos hoy y aquí a San Romero de América, como lo llamara en un magnífico poema don Pedro Casaldáliga:

 “Y supiste beber el doble cáliz del Altar y del Pueblo, / con una sola mano consagrada al servicio. / América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini / en la espuma-aureola de sus mares, / en el retablo antiguo de los Andes alertos, / en el dosel airado de todas sus florestas, / en la canción de todos sus caminos, / en el calvario nuevo de todas sus prisiones, / de todas sus trincheras, / de todos sus altares... / ¡En el ara segura del corazón insomne de sus hijos! / San Romero de América, pastor y mártir nuestro: / ¡nadie hará callar tu última homilía!”

 

 

panicoes@hotmail.com

 

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