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Publicado en REFORMA, Sección CULTURA, el 21 de mayo del 2010.

 

Grito hacia Roma

Por José Ramón Enríquez

Durante su estancia en Estados Unidos, García Lorca alcanzó algunos de los momentos más altos en la poesía de cualquier lengua durante el Siglo 20, con su libro Poeta en Nueva York.  

Ese viaje, realizado en momentos de gran intensidad emotiva le supuso, además, un choque cultural insospechado que lo marcaría de muy diversas formas y en muy distintos planos, tanto en lo puramente literario, cuanto en el compromiso político y aun en su manera de concebir el cristianismo. Poeta en Nueva York es un poemario de plena madurez que prometía no sólo trazar caminos poéticos sino arriesgarse por ellos hasta las últimas consecuencias. Y no sólo el aún joven Federico cuanto las generaciones que lo seguirían.

Sin embargo, a su vuelta a España, se interpuso la Guerra Civil y una muerte del poeta que ha llenado de vergüenza a sus asesinos. No puedo aquí dejar de mencionar que los herederos de esos asesinos hoy se hacen llamar “Colectivo Manos Limpias” y vienen a demostrar que España sigue dividida, y que la España fascista que se llevó al poeta para asesinarlo cobardemente por los campos de Granada está viva, reta a Europa, y se dispone a ir quién sabe hasta dónde, tras cumplir su venganza simbólica en la persona del juez Baltasar Garzón.

Dos odas forman el octavo Apartado de Poeta en Nueva York: Grito hacia Roma (desde la torre del Chrysler Building) y Oda a Walt Whitman. La primera forma parte de los múltiples textos de aliento religioso que se entretejen a lo largo de la obra de Federico. Religiosos, pero siempre críticos de la agobiante estructura clerical, como bien lo ha señalado uno de los más inteligentes estudiosos del poeta, Eutimio Martín, en su libro titulado precisamente Federico García Lorca, heterodoxo y mártir.

Por su parte, Ian Gibson lo define así: “Lorca fue un revolucionario cristiano y gay que no creía en el Dios bíblico. Un revolucionario con la misión de abogar, desde sus obras, por el amor total…”

El cristianismo revolucionario español ha convivido hasta la fecha con muchas otras manifestaciones políticas y siempre en el antifranquismo. De ninguna manera corresponde sólo a una más de las “rarezas” lorquianas. Lo compartía, por ejemplo, con otro escritor cristiano, heterosexual, quien iba a ser editor de Poeta en Nueva York en Cruz y Raya, en España, José Bergamín. Finalmente fue su editor, en la Editorial Séneca de México. Mucho más radical en lo político que Lorca, Bergamín confesaba que iría con los comunistas hasta la muerte, pero no más allá. La vida eterna, para él como para todos los revolucionarios cristianos, no es una cuestión marxista sino el resultado de un íntimo diálogo con el Crucificado.  

El Grito hacia Roma de Lorca adquiere en nuestros días la potencia del auténtico profeta:

“El hombre que desprecia la paloma debía hablar, / debía gritar desnudo en las columnas, / y ponerse una inyección para adquirir la lepra / y llorar un llanto tan terrible / que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante. / Pero el hombre vestido de blanco / ignora el misterio de la espiga, / ignora el gemido de la parturienta, / ignora que Cristo puede dar agua todavía, / ignora que la moneda quema el beso de prodigio / y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán.”

Mucho antes, a los 19 años, ya se desprendía de las estructuras clericales para cantar a Cristo en Mística en que se trata de Dios: “Caballeros andantes de tu bien seremos los pocos que te amamos”.

Creo que hoy, como nunca, depende en mucho de la heterodoxia de “los pocos” el futuro de una Iglesia que continúa crucificada y que no se comprende en manifestaciones multimillonarias.

panicoes@hotmail.com

 

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