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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 7 de mayo del 2010.

La dictadura intermitente

Por José Ramón Enríquez

Iturbide se sintió Napoleón. No por desórdenes psiquiátricos sino por voluntad de emulación y por error de cálculo: ni era genial corso ni se le iba a dar la oportunidad de volver de su exilio para “salvar” nuevamente a la patria. Así que, tras desembarcar, fue lógicamente traicionado, convenientemente vendido y fusilado justamente de acuerdo a las leyes de la nación independiente.

Juan Tovar aprovecha que se le concedieran doce horas de gracia, y hace que lo visite Antonio López de Santa Anna, quien en un momento culminante del diálogo de esta que llama Tovar “onirofarsa”, le explica con el cinismo que heredó a los políticos mexicanos con el nombre de sabiduría:

“SANTA ANNA: Es mucho paquete lo de emperador. Un presidente, en cambio, comparte responsabilidades, delega funciones... y abandona el poder en algún momento oportuno, para recobrarlo en algún otro. Se la lleva más tranquila.

 “ITURBIDE: ¿Para allá vas?

“SANTA ANNA: Despacio, porque llevo prisa. Es carrera de duración, cuñado. Yo no quiero ser emperador, sino dictador intermitente.”

No he visto la puesta que acaba de estrenar José Caballero de Horas de gracia de Juan Tovar, con la Compañía Nacional de Teatro, aunque he oído las mejores referencias. En espera de que llegue por estas tierras yucatecas, la he leído con la admiración con que siempre he leído a Juan Tovar. Y aunque sea Iturbide el protagonista de su sueño y de su farsa es Santa Anna al que siento más lamentablemente vivito y coleando (como en Manga de Clavo). Es la pata perdida de Santa Anna la que siento rediviva y metiendo goles en todas las porterías de nuestra geografía contemporánea nacional.

Y no porque Iturbide carezca de imitadores: ahí esta el Partido Acción Nacional vestido de azul imperio y soñando con quién sabe qué cosa en las pocas horas de gracia que ni siquiera se ha dado cuenta que le quedan, mientras se equivoca una y otra vez, se muerde la cola a sí mismo y se hace bolas con los pliegues de una capa de armiño que le queda grotescamente grande.

Pero Santa Anna es el padre y maestro de nuestra clase política y su pata perdida duerme, corrupta, en más de una habitación como dicen que dormía el brazo incorrupto de Santa Teresa en la habitación de Francisco Franco.

Sólo que, como Tovar lo hace decir, la dictadura propuesta por Santa Anna no es de un solo hombre y, sobre todo, es intermitente. “¡Es el PRI, camaradas, que regresa!”, oigo que se grita en mi muy personal onirofarsa convertida en pesadilla cotidiana.

Y el PRI no es una dictablanda, qué va, tiene la mano dura y sabe usarla para dar escarmientos: ahí están el Atenco de Peña Nieto, el San Juan Copala de Ulises Ruiz (para coronar una larga serie de apretones durísimos), las complicidades inconfesables del “góber precioso”, y hasta en esta lejana y milagrosamente tranquila tierra del Mayab se arresta chavos por vender camisetas que molestan a la “señora” y a luchadores sociales como Lorenzo Peraza, aunque, claro, con cargos diversos para no ensuciar la sonrisas beatíficas de candidatos que quieren tanto a Mérida.

No he visto Horas de gracia pero he tenido la oportunidad de gozar Patria que nace torcida, extraordinario espectáculo con que Paulo Sergio Galindo lleva más de un año recorriendo la República. De entrada propone como modelo ideal a Santa Anna, espejo de políticos, fundador de instituciones mafiosas muy correctamente disfrazadas de “fuerzas vivas” y capaz de sacarle la cartera al espectador que se distraiga.

Entre las carcajadas que provoca Paulo Sergio, uno siente la pata de Santa Anna dando duro ahí donde las patadas más nos duelen.

panicoes@hotmail.com

 

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