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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 19 de noviembre de 2010.

Claudio en la memoria

Por José Ramón Enríquez

La Muestra Nacional de Teatro cumplió su emisión número 31. Tuve la ocasión de asistir y presenciar la amplia gama de tonalidades y lenguajes, de intereses y de posibilidades reales, de problemas y de propuestas de solución, de grillas y de heroísmos que se entrecruzan por todo el territorio nacional.

Abrió un Ubú jalisciense, en títeres, que arrancó la ovación mayoritaria aunque frunció los ceños de quienes aseguraban haber visto propuestas parecidas. Cerró un impecable Jardín de los cerezos, de la Compañía Nacional de Teatro, que se ganó la ovación y frunció ceños de quienes parecían amigos de la infancia de Anton Pavlovic o consideraban políticamente correcto pegarle a Tavira.

Yo había pensado dedicar estas reflexiones a la dramaturgia mexicana presente desde El gesticulador usigliano hasta Riñón de cerdo para el desconsuelo de Alejandro Ricaño. Mis notas deberán esperar porque, el último día de la satisfactoria fiesta teatral, a todos nos conmovió la noticia de la muerte de Claudio Obregón.

Es siempre triste el obituario pero necesario sobre todo en momentos en que perdemos la memoria y canonizamos una extraña idea de tabula rasa francamente suicida. Contra ello quiero escoger algunos momentos del Claudio Obregón que habita en mi memoria.

Antes de identificarlo en las Mocedades del Cid del 61, en Los incendiarios de Frisch en el 62 o de conocerlo en persona, se me grabó su voz, semanalmente oída en el programa El cine y la crítica de Carlos Monsiváis, por Radio UNAM. Un programa más formativo que las aulas universitarias, fincado en ese método de información e ironía que hizo de Monsiváis un auténtico maestro.

Y otra voz inolvidable del programa era la de Nancy Cárdenas. Nancy, con su generosidad y compromiso constantes, ideó una serie de radioteatros que pidió escribir a autores muy jóvenes. Yo fui escogido y Claudio leyó uno de los papeles de Jack y Jock, diálogo borrado para reciclar las cintas de Radio UNAM y cuyo texto perdí por instinto de conservación, sin que la alegría de haber sido actuado por Claudio me la quitara nadie.

Ya para entonces lo ubicaba perfectamente como el gran actor dirigido por Gurrola o por José Luis Ibáñez, y después en momentos donde fue cada vez mayor la cercanía. En mi memoria destaca muy especialmente como protagonista, en 1970, de Reed, México insurgente, la gran película de Leduc, y como militante del Partido Comunista.  

Eran tiempos en que ser comunista no resultaba fácil ni el discurso de oposición era simple populismo. Claudio se la jugó valientemente y pocos lo acompañaron en esas lides. Al contrario, muchos consideraron audacia inexplicable su compromiso político que, a quienes éramos más jóvenes, significó un ejemplo y nos abrió un camino.

Un amigo de aquellos tiempos escribió: “Vivo aplauso para despedir al camarada Claudio Obregón que se divirtió luchando por subvertir la cultura del amo. Ojalá los teatreros lo sigan mimetizando por las noches y en los atardeceres de los edificios Condesa y en el Coyoacán de los pobres”.

Hubo desencuentros por petulancias mías que nunca rebajaron la admiración ni el cariño. Y, por fin, mi despedida cuando la CNT vino a Mérida con Ser es ser visto dirigida por Tavira. Sus pulmones sufrían pero su talento seguía intacto. Se lo dije en medio de un abrazo que ambos sabíamos sería el último. Porque yo no iría al DF para verlo en la obra que él escogió para despedirse: Final de partida de Beckett.

Esperpéntico, maravilloso papel para el enorme cómico que siempre fue.

panicoes@hotmail.com

 

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