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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 20 de noviembre del 2009.

Poe y el infierno

Por José Ramón Enríquez

¡Cómo nos hace falta Jorge Ibargüengoitia! A la lideresa de un PRI realmente existente, que presume de feminista, y se viste de indígena con modelos de Dior, y pacta con la ultraderecha panista no sólo para impedir mínimas causales de aborto sino para encarcelar a las más lastimadas de entre las más jodidas, ¿quién podría explicárnosla sino Ibargüengoitia? Y en ese PRI disfrazado de PT, ¿quién sino él podría dilucidar la Asunción a los Cielos de Juanito? ¿Y la canonización de Martín Esparza por un obispo al que guardo, sin ironía alguna, el mayor de mis respetos y mi admiración inquebrantable, aunque confunda con el Subcomandante Marcos a un charro surgido de los modos más vergonzosos que legó Fidel Velázquez..? Pero cada pueblo ha perdido al humorista que no se merecía.

Mientras tanto, yo releo la diatriba que, a propósito de Poe (estamos en su bicentenario), lanza Baudelaire contra la democracia y no puedo estar de acuerdo, porque.., no. Porque soy y seguiré siendo un demócrata (como sigo y seguiré admirando al único obispo de izquierda que tenemos en activo, aunque bendiga a Martín Esparza), y creo que si no es con democracia ni otro milagro del Tepeyac puede salvarnos. Seguramente es mi fe la de un personaje de Jorge Ibargüengoitia.

Pero la diatriba antidemocrática de Baudelaire prefiero pasarla rápido para quedarme con otros conceptos de un gran poeta que, generosamente, rescató y promovió para las generaciones a las que yo pertenezco a un inmenso poeta del profundo Sur norteamericano. Finalmente comparto la repugnancia que le causaba a Baudelaire esa burguesía que algún día fuera sujeto revolucionario y ya para su tiempo era detentadora de un poder que conserva hasta la fecha, destilado hasta los excesos de un neoliberalismo que ni Poe se atreviera a soñar.

No soy de los que piensan que Edgar Allan Poe era un mal escritor. Aun sin leer inglés creo que una prosa que tradujo Cortázar en dos volúmenes de casi mil páginas cada uno, tenía que haberlo seducido para emprender semejante empresa, y para hilar tan fino una Introducción como la suya.

A dos siglos de su nacimiento y a siglo y medio de su trágica muerte, Poe me seduce, como a millones de lectores suyos, porque es profundamente humano y porque envidio su capacidad para hacer del sueño su espacio vital, con todas las consecuencias del hecho: la incomprensión y el rechazo, el doloroso amasiato con el alcohol, la incapacidad de amar más en la vida que en el dolor profundo de la muerte.

La mirada de Poe, en todas las imágenes que de él conservamos, nos habla de una profunda tristeza, pero de una tristeza que todos hemos conocido y a la que tenemos miedo. Sí. Es en mucho la tristeza de quien ha viajado suficientemente por el delirium tremens. Mis antiguos amigos teporochos lo reconocerían de inmediato como uno de los suyos: “ese ha visto el diablo”, me dirían. Pero es también el fruto destilado de la melancolía, y también en la melancolía de verdad (no sólo la que hoy se diagnostica tan fácilmente como depresión) se suele ver al diablo.

Tal vez por eso uno de los textos más herméticos de Poe me resulte tan seductor: Silencio. Esa pesadilla en la que habla con el demonio en un espacio infernal que en nada se parece al lugar común del infierno cristiano:
“Y de improviso levantóse la luna a través de la fina niebla espectral y su color era carmesí. Y mis ojos se posaron en una enorme roca gris que se alzaba a la orilla del río, iluminada por la luz de la luna: Y la roca era gris y espectral y alta; y la roca era gris. (…) y al volverme y mirar otra vez hacia la roca vi que los caracteres decían DESOLACIÓN.

Reconocemos la horrible epifanía. Aunque el diablo se ría, nosotros no podemos. Se manifiesta el mal donde no hay viento y el agua es sangre ya. Donde toda la ridiculez que Ibargüengoitia vio en una clase en el poder que se alimenta inclusive de sí misma, suicida y lamentable, adquiere por fin su terrible sentido: esta es la tierra que habremos de heredar a los que vengan. Es la visión de Poe que hoy entendemos. Es el infierno.

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panicoes@hotmail.com

 

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