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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 5 de noviembre de 2010.

Hernán Lara Zavala y el teatro

Por José Ramón Enríquez

A lo largo de mi experiencia en la escena he comprobado que las fronteras entre las poesías lírica y dramática son mínimas y que los autores, con toda naturalidad, suelen cruzarlas. La especialización impuesta sobre todo por el positivismo y que hace sentir al artista en una auténtica "línea de producción" a lo Henry Ford, como aquella de la cual se burlara Charles Chaplin en su genial Tiempos modernos, no fue conocida en la antigüedad clásica, ni por los juglares de la Edad Media o los grandes ingleses isabelinos o españoles de los Siglos de Oro.

También es común el paso de la narrativa al drama y los ejemplos sobran en los años recientes de nuestra escena. El paso contrario también se da, y vale la pena señalar dos casos que en los últimos meses han llamado fuertemente mi atención: José Ruiz Mercado con su novela Otra cara (ponla ya) y Alberto Castillo con su novela Tutor. Pienso dedicar a ambos alguna nota próxima.

Pero ahora quiero aprovechar el Premio Real Academia Española 2010, otorgado a Hernán Lara Zavala por su espléndida novela Península, península, para referirme a una breve incursión suya en el teatro.

Con el mismo tema que la parte central de su novelística, Ah Kin Chi, la obra teatral de Lara Zavala, tiene a Yucatán como motivo.

En Charras fue el asesinato brutal de Efraín Calderón Lara, en 1974, lo que provocó al novelista el retrato vivo de un Yucatán aparentemente ajeno a las represiones de la "guerra sucia" y, sin embargo, tan profundamente imbuido de esa misma violencia que 50 años antes, en 1924, la derecha siempre activa del Estado dejara caer sobre Felipe Carrillo Puerto. Publicada en 1995, Charras es hoy prácticamente inencontrable.
En Península, península (que ya obtuviera el Premio Elena Poniatowska 2009), la llamada Guerra de Castas nos permite adentrarnos en la violencia y en las razones de un rencor no tanto de los vencidos hacia los vencedores, sino de los vencedores hacia la dignidad constante de los vencidos.

Escribo estas notas en el Café que frecuento cotidianamente desde hace años en el Paseo de Montejo, el conquistador, hoy rematado por lo que sería un grupo escultórico bastante ridículo sino fuera porque supone la imposición de un rencor que "debe" recordarse. En Península, península mucho me permitió entender Lara Zavala de ese Siglo 19 tan racista como muchos de sus próceres.

Ah Kin Chi va más atrás en el tiempo. Trata el momento de una decisión en cualquier caso terriblemente dolorosa. La ancestral rivalidad entre los señores Xiu, de Maní, y los Cocom, de Zotuta, se deja a un lado ante la presencia de una guerra contra el invasor español que lleva ya tiempo en el momento tratado por Lara Zavala. Se trata de decidir si pactan, como piden los dioses tanto a unos como a otros, o mueren a la manera de una Numancia maya. Quienes fueran celtíberos asediados por la invasión romana, aquí fueron invasores asediando al pueblo maya.

Ah Kin Chi es el sacerdote de los Xiu que va a encontrarse con Nachi Cocom, cuyo nombre, para muchos de los que aquí vivimos, debería ser el de este Paseo que han llamado de Montejo. El bellísimo poema dramático de Hernán Lara Zavala permite el juego de las diversas potencias y su final brechtiano nos involucra a todos.

Me encuentro en plenos ensayos de Ah Kin Chi y nos ha emocionado el nuevo galardón a un novelista que debería ser mucho más conocido por estos rumbos. Pero más nos emociona pensar que Ah Kin Chi apenas es el inicio de una relación fecunda con el teatro.

 

panicoes@hotmail.com

 

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