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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 23 de octubre del 2009.

Solares y la Revolución

Por José Ramón Enríquez

Hace casi 20 años se estrenaba El Jefe Máximo, obra de Ignacio Solares sobre el encuentro de dos fantasmas, el del Padre Pro y el de Plutarco Elías Calles, en dos espacios fantasmales: el despacho de Calles y un escenario de nuestros días.

Encuentro imposible que, sin embargo, debió darse en la soledad de un general, ya muy anciano, que practicaba el espiritismo. En ésa como en toda su obra, Solares se mantenía al margen y permitía que sus personajes se expresaran. Huía del juicio moral. Descartaba tanto el homenaje acrítico como la diatriba sin sentido que llenan nuestros libros de historia patria no sólo hasta deshumanizarla sino hasta volverla incomprensible y ridícula.

Recuerdo que al término de las funciones, los protagónicos recibían sus felicitaciones, además de por su calidad actoral (¡Miguel Flores y Jesús Ochoa!) por sus seguidores ideológicos: callistas y neocristeros fortalecían argumentos y nos llenaban de anécdotas. Se veían reflejados porque Solares había sabido tocar la médula de la historia, que trasciende lo académico y aun todo "realismo" para perderse por los caminos del sueño.

Cuando montamos El Jefe Máximo, Solares había publicado dos novelas modélicas: La noche de Ángeles y Madero, el otro. Son dos viajes al interior de cada uno de sus personajes con la cordialidad y sabiduría de quien quiere entenderlos aunque se sabe separado por décadas y se acepta heredero de muchos de aquellos ideales, miembro de una generación también victimada por traiciones, manipulación y violencia.

Una reflexión como la de Solares borra cualquier sombra de oportunismo ante las "festividades" de los Centenarios que hoy nos atosigan. Sin embargo, es ejemplo de lo que debería de hacerse: entrar a la historia con el bisturí bien afilado, el corazón a punto para compartir el pathos contradictorio de los unos y de los otros, y con la pluma dispuesta para el texto litúrgico que merecen personajes de tal calibre.

Vuelve hoy Ignacio Solares a ofrecernos el oficio de su bisturí, las contradicciones de su corazón y el vuelo de su pluma en un nuevo libro, Ficciones de la Revolución Mexicana (Alfaguara, 2009), que en relatos breves permite el desfile de una serie de personajes centrales, todos amables y odiosos, al mismo tiempo y en los mismos sentidos. Personajes posibles e imposibles, en momentos definitivos para la forja del México de hoy que ya nada tiene ver con ellos pero que es, sin duda, resultado de sus dudas, sus errores, su violencia, sus sueños, sus vidas y sus muertes.

Como un ejemplo de las contradicciones que rompen toda lógica está la muerte de Gustavo, el hermano del Presidente. Solares dibuja la escena con maestría. ¿Quién es responsable de la muerte de ese inocente? ¿Huerta, que había demostrado su condición de chacal exterminando a indígenas como él mismo, sólo que mayas, en las postrimerías de la Guerra de Castas yucateca? ¿Su propio hermano, Francisco I. Madero, el apóstol que, como Juana de Arco, seguía sus voces? Obviamente la orden partió de Huerta, pero ¿no pudo impedirla Madero, y al hacerlo cambiar el rumbo de la Revolución? El bisturí afilado nos lleva a 1887, cuando Arnulfo Arroyo pudo haber asesinado a Don Porfirio y Bernardo Reyes tomar su sitio para neutralizar a figuras como Venustiano Carranza, al cual vemos expandirse, en otra escena inolvidable: la de su encuentro con Ángeles, revolucionario puro, y con Obregón, cínico genial. Encuentro que significa la sentencia de muerte de Ángeles y lo lleva, por una extraña vía, de Madero hasta Villa. Ficciones, del gran escritor que es Solares nos enfrenta a la realidad no superada: México conservó el cinismo de los más y extravió la grandeza de los menos.

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panicoes@hotmail.com

 

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