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Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 24 de septiembre de 2010.

Cananeas

Por José Ramón Enríquez

El plural en el nombre de aquel pueblo minero cuya lucha ha sido considerada, con justicia, antecedente inmediato de la Revolución mexicana, es perfectamente
intencionado. Sergio Galindo quiere dejar bien claro que hubo un conflicto minero en Cananea hace ya más de un siglo, pero que ese conflicto ha resurgido y que en
nuestro presente inmediato persiste la violencia contra los mineros, herederos de la miseria, que continúan engordando a los explotadores de siempre y a una nueva estirpe de líderes corruptos.

Teatro político del mejor y del más necesario en tiempos de reflexión sobre una nación, un pasado entrevisto aunque poco conocido y un futuro que tenemos la obligación de, al menos, intentar construir para nuestros herederos.

Sería absurdo decir que nada ha cambiado en el país entre una y otra Cananea. No sólo la lucha armada de la Revolución mexicana, sino también las diversas luchas progresistas o contrarrevolucionarias que, dialécticamente, han construido el presente, incluido el parteaguas del 68, las revoluciones morales y tecnológicas, y aun lo alcanzado en una transición dolorosa desde el autoritarismo hasta una democracia que se hace esperar; todo constituye un México que no podían soñar siquiera aquel Coronel Green, “magnate del cobre”, y aquellos cómplices suyos que explotaban a las minas y a los hombres de Cananea.

Y, sin embargo, la lucha continúa en esa región de la Sonora más auténtica con características que de tan similares podrían parecer inverosímiles. Esa mujer violentada con la que Galindo simboliza Cananea lo sigue siendo hoy, y de ahí el plural en el nombre de la obra.

Pero no es sólo eso. Como explica el programa de mano, “el plural de este montaje tiene que ver no sólo con los históricos acontecimientos de 1906 –vistos desde la ineludible perspectiva del presente—sino también con los cambios que la misma obra ha experimentado luego de su primer montaje hace 21 años”.

En esta ocasión, Cananeas no se ha montado en Sonora sino en Sinaloa y con el TATUAS, el legendario grupo que fundara Óscar Liera y que continúa hasta hoy vivo, actuante y combativo, bajo la dirección de Rodolfo Arriaga.

Ha sido una tradición del TATUAS invitar directores y ahora lo han hecho con el sonorense Sergio Galindo. Su obra no pretende enfrentar la historia “con el rigor del ojo analítico y acucioso del historiador, sí con el del artista movido y conmovido por lo que hay más allá de cualquier color impuesto al cristal con que se mire: lo humano”.

Y esta humanidad encarna en actores como el propio Rodolfo Arriaga, Luisa Millán, Héctor Monge, Lázaro Fernando, Genaro Sahagún, entre otros históricos del TATUAS, reforzados por los muy jóvenes integrantes de la Compañía de Teatro de Calle del ISIC. A equipo se une, por ejemplo, Lupillo Arreola, de Baja California.

Así, Cananeas es el resultado de una “conjunción de esfuerzos y recursos de cuatro estados del Noroeste” --Sinaloa, de quien es la iniciativa original, Sonora y las dos Californias— “para, a través del Fondo Regional para la Cultura y las Artes, concretar este proyecto, ahora que de conmemorar el centenario de la Revolución mexicana se trata… Hay que celebrarlo. Y pugnar porque sea el inicio de muchas otras producciones regionales”.

Y hay que celebrar el heroísmo de los mineros de Cananea, de entonces y de ahora. También, por qué no, de todos los mineros que han muerto, como en Pasta de Conchos, o que sobreviven en condiciones increíbles, incluidos los 33 del norte chileno.

 

 

panicoes@hotmail.com

 

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